Cuando cruzó la calle rumbo de aquel edificio de diez plantas, frío y ajeno, sabía que ese último trámite no acallaría su voz interior, pero si que seguramente haría más liviano el trajín diario. Obtener por fin la nacionalidad implicaría una tranquilidad que hasta ahora no conocía, un descanso del eterno papeleo, un alivio de años y años de llenar formularios, de hacer colas de madrugada, de enviar cartas, de solicitar certificados de todo tipo que acreditaran que era una persona de fiar, de sellos, de fotocopias, de permisos, de visados y autorizaciones para entrar y salir del país, para trabajar, para residir, para recibir a su familia, años de de aprender un nuevo idioma. De reaprender su vida. Ahora un nuevo DNI y un nuevo pasaporte, daban un nuevo punto de partida a su vida. A los cuarenta años, por fin, volvía a empezar.
Ahora podía focalizarse en lo importante. Y sabía perfectamente que ese era el momento y no otro de aclarar las cosas. Todavía no había encontrado la forma de acercarse. Cada día intentaba un pequeño paso, un guiño cómplice, una palabra sincera que tendiera un puente hacia ese pequeño corazón. Caminaba con sus pensamientos, dándole vueltas a la cabeza presintiendo que cuando fuera suficiente, lo sabría sin más. Sin trampa ni cartón. Los chicos son así, te dicen las verdades a la cara y ni se inmutan. Su transparencia es uno de los más preciados tesoros que tiene la niñez y que los años van tiñiendo de opacidad, fruto de amargos despertares al mundo adulto.
Quedó con ellos para tomar un café y dejar claro todo. Los vio doblar la esquina de la mano, charlando animosamente, riendo ajenos al mundo que los rodeaba. Ensimismados en los juegos de palabras que siempre hacían cuando tenían que matar el tiempo. Aprendiendo vocabulario sin saberlo. Compartiendo la vida a cada momento. De pronto uno de ellos la vio. Se quedó muy serio y levantó la vista hacia el otro. Ambos se quedaron un instante sin saber qué cara poner. Sabían que venía de hacer algo importante pero no sabían aún el resultado. De esa mañana dependían muchas cosas en sus vidas.
Al llegar al semáforo, ella miró a ambos lados para cerciorarse antes de cruzar. Una moto que adelantaba por la derecha no la vio y se acercó sin ánimo de parar. La colisión fue fuerte y el golpe en la cabeza, seco.
Unos minutos más tarde, tan solo recordaba que había salido del edificio de la Policía tranquila, con su nueva documentación, intuyendo que estaba dispuesta a todo.
Cuando volvió en si, únicamente vio al hombre que amaba y al niño mirándola fijamente, con los ojos llenos de lágrimas, sollozando de emoción al ver que ella sonreía como si nada hubiera sucedido. El pequeño la tomó de la mano y pronunció su nombre por primera vez en diez años: Esperanza.
Prometo que nunca más volveré a llamarte Madrastra –dijo.
Ahora podía focalizarse en lo importante. Y sabía perfectamente que ese era el momento y no otro de aclarar las cosas. Todavía no había encontrado la forma de acercarse. Cada día intentaba un pequeño paso, un guiño cómplice, una palabra sincera que tendiera un puente hacia ese pequeño corazón. Caminaba con sus pensamientos, dándole vueltas a la cabeza presintiendo que cuando fuera suficiente, lo sabría sin más. Sin trampa ni cartón. Los chicos son así, te dicen las verdades a la cara y ni se inmutan. Su transparencia es uno de los más preciados tesoros que tiene la niñez y que los años van tiñiendo de opacidad, fruto de amargos despertares al mundo adulto.
Quedó con ellos para tomar un café y dejar claro todo. Los vio doblar la esquina de la mano, charlando animosamente, riendo ajenos al mundo que los rodeaba. Ensimismados en los juegos de palabras que siempre hacían cuando tenían que matar el tiempo. Aprendiendo vocabulario sin saberlo. Compartiendo la vida a cada momento. De pronto uno de ellos la vio. Se quedó muy serio y levantó la vista hacia el otro. Ambos se quedaron un instante sin saber qué cara poner. Sabían que venía de hacer algo importante pero no sabían aún el resultado. De esa mañana dependían muchas cosas en sus vidas.
Al llegar al semáforo, ella miró a ambos lados para cerciorarse antes de cruzar. Una moto que adelantaba por la derecha no la vio y se acercó sin ánimo de parar. La colisión fue fuerte y el golpe en la cabeza, seco.
Unos minutos más tarde, tan solo recordaba que había salido del edificio de la Policía tranquila, con su nueva documentación, intuyendo que estaba dispuesta a todo.
Cuando volvió en si, únicamente vio al hombre que amaba y al niño mirándola fijamente, con los ojos llenos de lágrimas, sollozando de emoción al ver que ella sonreía como si nada hubiera sucedido. El pequeño la tomó de la mano y pronunció su nombre por primera vez en diez años: Esperanza.
Prometo que nunca más volveré a llamarte Madrastra –dijo.














































